22. Las ciudades invisibles de Italo Calvino (I)

Conocí la revista "Revolución Neolítica" en su último número. Y ya que, gracias a su nombre, tuve oportunidad de publicar con ellos la pequeña intervención de la que hablaba en mi último post, aproveché el tirón y les ofrecí otro artículo, esta vez relacionado con la literatura.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Cuando comencé a pasearme entre las ciudades invisibles de Italo Calvino pronto tuve la necesidad de recrear mi propia ciudad, de inventarme mi personal universo al estilo del escritor. A las pocas ciudades, por tanto, y antes de seguir leyendo, describí la mía y la doté de unas cualidades que me parecieron fascinantes, no sé si para toda la vida, pero si desde luego para perderse en ellas durante una larga temporada. Al seguir leyendo me topé en el libro de Calvino con mi propia ciudad inventada, una confluencia con los sueños del autor, algo que ya Cortázar declaró casi imposible. En realidad no es especialmente sorprendente, a muchos se nos habría ocurrido hablar de una ciudad mutante. Pero en cualquier caso me gustó verme reflejada en las páginas del libro.

En el post de hoy voy a publicar una de las dos ciudades hermanadas y en el del próximo viernes la otra: una la de Calvino, otra la mía. Eso sí, no necesariamente en ese orden. Así que, sin pretender ni remotamente equipararme al escritor italiano y a modo de simple divertimento, dejo las dos sin firmar para jugar a identificarlas, a modo de homenaje-plagio a Italo Calvino.

Las ciudades y el movimiento


Si alguna peculiaridad distingue a Eleonora esa es su mutabilidad, cualidad por la que precisamente tantos peregrinos se acercan a conocer la ciudad. El viajero es consciente de qué puerta del recinto amurallado atraviesa para acceder al interior, pero sabe de antemano que jamás podrá predecir por qué puerta abandonará la ciudad, ya que Eleonora está construida sobre un complejo meanismo que hace que vaya girando en un continuo e imperceptible movimiento, no en su totalidad, sino en pequeños fragmentos independientes, de tal forma que la configuración y la disposición de las calles, la organización y el urbanismo van mutando, hasta que la ciudad adquiere, exactamente cada siete días, una forma y distribución totalmente diferente. Por eso en Eleonora nada es lo que parece, cada día te sorprende con una nueva visión de la realidad. Nada permanece, ni las relaciones personales, ni las actividades laborales, ni siquiera tus propios pensamientos. Un día te despiertas descubriendo a tus nuevos vecinos, habiéndote convertido en vegetariano o sintiendo una extraña atracción hacia todo lo imposible. Otro, descubres que te encanta el color violeta que siempre habías odiado, que deseas ser cantante de ópera o funambulista y que podrías estar días enteros tumbado al sol observando las formas que adquieren las nubes. Todo el mundo vive en casas que no son de su propiedad, cambia de tarea y vocación cada semana, de color de pelo, de forma de vestir, de emociones, de gustos, de penas y alegrías. En los templos se adoran a dioses y diosas cuyos valores siempre giran en torno a la variabilidad, la inestabilidad y el cambio. Los gremios siempre varían su ubicación, el alcalde y el comendador siempre son alguien distinto, el emblema del municipio adquiere motivos heráldicos diferentes según la semana y así funciona cualquier aspecto de la ciudad que podamos imaginar, hasta hacer la lista interminable.

La maquinaria que desplaza a Eleonora no dispone de motores ni extraños mecanismos sino que es la propia oscilación de sus habitantes la que le da el impulso necesario para su funcionamiento. Pero es precisamente esta oscilación, este movimiento perpetuo, el que hace imposible una larga estancia en la ciudad. Aquel que permanece más del tiempo necesario, varía tanto su ser que acaba por diluirse, se va haciendo transparente hasta desaparecer sin más rastro, sus moléculas se vuelven demasiado inestables como para permanecer unidas unas a otras. Por eso el viajero que elige conocer de cerca su inestabilidad, sabe, que aunque nunca sepa por cuál de las puertas lo hará, debe abandonar la ciudad al poco tiempo de su llegada.

Las Ciudades Invisibles, Italo Calvino.
Ilustración de Lisel Jane Ashlock (yegbookstravaganza.wordpress.com)


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